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Un acto de bondad: un refugio en la tormenta.

Queridos amigos/as y compañeros/as de meditación:
¿Alguna vez os habéis visto inmersos en una lluvia de flechas de negatividad viniendo de vuestra mente, una lluvia tan tupida como una nube negra? En esos momentos, nuestra mente está tan atrapada que sentimos que es imposible meditar. Vamos a explorar cómo la meditación puede ser realmente un refugio en la tormenta hasta que, inevitablemente, se pase.
Esta es una escena posible. Te levantas y te sientes muy alterado. Te sientas a meditar y no eres capaz de seguir tu respiración o de repetir un mantra. Después de un rato desistes y te sientes peor porque no has hecho tu meditación de la mañana.
¿Qué ha ocurrido? Hemos establecido una oposición, un conflicto entre lo que está ocurriendo (me siento fatal) y lo que creemos que tenemos que hacer ahora: “meditar”.
Un remedio es cambiar nuestro concepto de meditación. Se dice que el gran yogi tibetano, Milarepa, dijo: “la meditación no es meditar sobre algo, sino familiarizarnos con la naturaleza de la mente”.
Para poner esto en práctica, cuando te sientes a meditar, puedes simplemente quedarte sentado y escuchar. Estar atento. Escuchar cada pensamiento con claridad, no con tu mente en otro sitio diciendo “debería estar meditando”, sino con toda tu atención. Este pensamiento: “no soy suficientemente bueno”, este otro “¿quién te crees que eres?...” etc. No los niegues ni hagas que se vayan. Simplemente déjalos estar ahí. Tu eres el testigo.
Algo maravilloso ocurre.
El ejemplo más inspirador de lo que puede ocurrir es la historia que se cuenta sobre Buda. Cuando su iluminación estaba ya cerca, Mara, el demonio, seguía visitándole disfrazado para sacarle de su estado. Mara se disfrazaba de ira, lujuria, etc. Cada vez que aparecía, el Buda tocaba la tierra y declaraba: “yo te conozco, Mara”. Y la forma de Mara desaparecía. Ese estado de iluminación de Buda se hizo imperturbable.
También nosotros podemos poner nombre a nuestros pensamientos y declarar: ‘te conozco, falta de autoestima. Te conozco, orgullo....’
¿Cómo podemos hacerlo? Empezamos con la comprensión y la convicción de que la mente, en su naturaleza, es pura, no nacida, libre e iluminada. Tenemos confianza en nuestra naturaleza verdadera. Somos seres que sienten. Nuestra naturaleza siempre ha sido y siempre será una naturaleza iluminada, incluso si no lo vemos. Todas las expresiones de nuestra naturaleza son así mismo iluminadas. Sostenemos la convicción interior de que incluso en el nivel de los pensamientos mentales, todo está ya iluminado.
Esta habilidad de quedarnos ahí en medio de nuestros peores pensamientos es el mayor acto de bondad, y crea un refugio contra nuestras propias tormentas interiores.
Esta es una práctica que puedes probar:

Al sentarte a meditar, trae a tu mente a alguien que simbolice bondad y compasión para ti. Puede ser alguien que conoces en persona o algún maestro compasivo que ya no vive. Imagínate siendo protegido por esta figura amable. Siente su bondad y su compasión rodeándote como un escudo, de arriba abajo. Coloca su presencia en tu corazón, y deja que las flechas de tus pensamientos reboten en su energía protectora.
Sin juzgar, sin huir, simplemente quédate ahí sentado.

 

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